(Gabriela Mistral)
¡Ay! ¡Juguemos, hijo mío,
a la reina con el rey!
Este verde campo es tuyo.
¿De quién más podría ser?
Las oleadas de la alfalfa
para ti se han de mecer.
Este valle es todo tuyo.
¿De quién más podría ser?
Para que los disfrutemos
los pomares se hacen miel.
(¡Ay! ¡No es cierto que tiritas
como el Niño de Belén
y que el seno de tu madre
se secó de padecer!)
El cordero está espesando
el vellón que he de tejer.
Y son tuyas las majadas,
¿De quién más podrían ser?
Y la leche del establo
que en la ubre ha de correr,
y el manojo de las mieses
¿de quién más podrían ser?
(¡Ay! ¡No es cierto que tiritas
como el Niño de Belén
y que el seno de tu madre
se secó de padecer!)
¡Sí! ¡Juguemos, hijo mío,
a la reina con el rey!
domingo, 12 de junio de 2011
Poema 20 (texto para 7° Básico)
Pablo Neruda
PUEDO escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: " La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
El ratón de campo y el ratón de ciudad (texto para 6° Básico)
En un pequeño pueblo perdido entre montañas, vivió una vez un ratoncito muy simpático y muy trabajador.
Aquella mañana, lo primero que hizo el ratoncito nada más despertar, fue dirigirse al arroyo cercano a su casa, donde se cepilló los dientes y se lavó, sin dejar de frotarse bien las grandes orejas.
Silbando una canción, se alejaba poco después por el camino, dispuesto a pasar todo el día trabajando en el campo.
–Buenos días –le saludó el conejo, mirando su reloj de bolsillo, pues se le hacía tarde para abrir su tienda de comestibles.
–Hoy se te han pegado las sábanas –le dijo el ratoncito, contento de vivir en el pueblo y de llevarse bien con todos sus vecinos.
Llevaba el ratoncito un buen rato trabajando en el campo, cuando pasó el topo por el camino, pedaleando en su bicicleta.
–¡Hay correo para ti! –gritó–. Es de tu primo, el que vive en la ciudad –añadió, pues tenía la mala costumbre de leer el correo.
Y le tiró una postal al ratoncito, que éste cogió al vuelo, mientras el topo se alejaba, quejándose de que aún le quedaba mucho correo por repartir.
El ratoncito comenzó a leer y no tardó en rascarse la cabeza, confuso. Su primo lo invitaba a visitarlo y a que se quedara a vivir con él una temporada.
Cuando el ratoncito regresó aquella tarde a su casa, se cruzó con el señor Búho, que había terminado las clases en la escuela y paseaba por el bosque; y pensó que el encuentro le venía como anillo al dedo, pues el señor Búho había vivido en la ciudad y le podría aconsejar.
–Te gustará vivir en la ciudad –le dijo el señor Búho–, pero puede ser peligroso que vayas solo.
Sin embargo, cuando el ratoncito llegó a su casa, ya había decidido que aceptaría la invitación de su primo.
Aquella misma noche, llenó una maleta dos veces más grande que él y luego consiguió convencer al cascarrabias del cuervo para que lo llevara en su destartalado taxi al aeropuerto de la pequeña ciudad próxima al pueblo.
El ratoncito nunca había visto tanta gente como en el aeropuerto. Los viajeros iban de un lado a otro del vestíbulo, empujando carritos llenos de maletas.
Arrastrando su enorme maleta, nuestro pequeño amigo logró llegar al mostrador de su compañía aérea, sin que nadie lo pisara. Luego no dudó en encaramarse sobre la maleta para entregar su pasaje.
Pero cuando llegó la hora de subir al avión, el decidido ratoncito viajero no las tenía todas consigo. Así es que, se puso el cinturón de seguridad y cerró con fuerza los ojos.
Sin embargo, el vuelo se le hizo corto y muy agradable, gracias a las simpáticas azafatas, que al ratoncito le parecieron unas ratitas muy atractivas.
En el aeropuerto de la gran ciudad, el ratoncito no vio a su primo por ningún lado. Supuso que no había ido a esperarlo porque habría tenido que hacer algo importante.
Muy decidido, se acomodó en el asiento trasero de un taxi y, poco después, éste se ponía en marcha.
Pero al poco rato, el taxista, un oso grande y peludo, gesticulaba, muy enfadado.
–¡El tráfico está cada día peor!
El ratoncito se dio entonces cuenta de que estaban parados y rodeados de coches.
Poco después, viendo que el atochamiento no parecía acabarse, el ratoncito se dijo que debería utilizar otro medio de transporte para llegar a casa de su primo.
Por fortuna, no tardó en ver una estación de metro cercana.
Muy contento, porque así podría conocer el metro, bajó las escaleras mecánicas cargado con su maleta.
En el andén, no cabía ni un alfiler; pero el ratoncito, que no se arredraba fácilmente, logró abrirse paso.
Fue peor el remedio que la enfermedad, porque cuando llegó el metro y se abrieron las puertas, entró en el vagón dando traspiés y mucho más deprisa de lo que hubiera deseado.
Nuestro ratón de campo hizo todo el trayecto aprisionado entre el trombón del señor Elefante, que iba a tocar en un concierto, y el cesto de la señora Hipopótamo, que regresaba de las compras.
"Bueno; por lo menos, he llegado", se dijo cuando, por fin, salió a la calle, una gran avenida, donde, vivía su primo.
Acababa de bajar un pie de la acera, cuando pareció que todos los coches de la ciudad pasaran juntos, haciendo sonar sus bocinas.
No sabiendo qué hacer, el ratoncito decidió cruzar corriendo; pero sonó un bocinazo aún más fuerte, que lo dejó clavado en el centro de la avenida. Un camión enorme cruzó entonces en dirección contraria, a un palmo de sus narices.
–¡Mira por dónde vas! –le gritó el conductor.
Sin atreverse a avanzar ni a retroceder, se estuvo muy quieto sobre la raya blanca; luego aprovechó un hueco en el tráfico para cruzar corriendo y no paró hasta llegar a un callejón.
–¡Eh, chicos! –oyó entonces una voz–. ¡Tenemos visita!
Sin haber recuperado el aliento, el ratoncito alzó la cabeza y comprobó que había saltado de la sartén para caer en el fuego.
Un gato con aspecto de lavarse sólo cuando llovía le contemplaba, apoyado de espaldas en una de las paredes del callejón. Otros dos gatos aún más sucios dejaron de revolver en un cubo de basura y se acercaron a su compinche.
–¿No os preguntabais hace un momento qué comeríamos hoy? –dijo éste–. Pues, aquí tenéis la respuesta: ¡ratón tiernecito!
Pero nuestro joven amigo no estaba dispuesto a servir de comida a aquellos vagabundos. Así es que se despidió de su maleta, pues en aquellas circunstancias no podía pensar en cargar con ella, y, cogiendo por sorpresa a los gatos, salió corriendo.
Todavía resoplando por la carrera, alzó la cabeza y vio dos piernas larguísimas, sobre éstas, una oronda barriga y, al final, unos hombros enormes, coronados por la cabeza de un perro de grandes y caídas orejas, entre las que sobresalía una gorra de policía.
–Bus... busco esta dirección –tartamudeó el ratoncito.
El policía, que miraba con cara de muy pocos amigos al ratoncito, se echó a reír cuando éste le enseñó el papel con la dirección escrita.
–Estás encima... –le informó, sin dejar de reír y señalando la tapa de una alcantarilla.
Fue así como el ratón de campo descendió a una alcantarilla por primera vez en su vida.
Tras recorrer un laberinto de túneles, acabó preguntándoles a unos ratoncitos que jugaban a navegar en un barco hecho de papel de periódico por el agua más negra que había visto en su vida.
Cuando, por fin, dio con el agujero donde vivía su primo, al ratón de campo le faltó tiempo para contarle cuanto le había sucedido desde que puso los pies en la ciudad.
–Todo esto te ha pasado por tu falta de experiencia. En la ciudad se puede vivir estupendamente.
–Pues a ti no parece que te vaya muy bien –replicó el ratón de campo.
–Vivir aquí me permite comer cada día en una casa distinta... Ahora mismo lo podrás comprobar, puesto que ya es la hora de comer.
Acababan de doblar la esquina de la primera alcantarilla, cuando el ratón de ciudad se coló por una tubería.
El ratón de campo, resignado con su suerte, se coló también por el agujero.
¡Entonces sí creyó que el viaje a la ciudad había valido la pena! Se encontraban en una enorme cocina, en cuyo centro había una mesa repleta de manjares.
En cuanto los dos primos hubieron trepado a la mesa, el ratón de ciudad comenzó a dar buena cuenta de un pastel de chocolate; por su parte, el ratón de campo, que estaba entusiasmado, comenzó a gritar:
–¡Yupiiii! ¡Viva la ciudad!
–¡Chist! –susurró su primo, llevándose un dedo a los labios.
Pero ya era demasiado tarde. De pronto, se abrió la puerta de la cocina y asomó su hocico el gato más grande, más negro y más feo que el ratón pueblerino había visto en su vida.
Los dos primos no tuvieron necesidad de consultarse para saltar al suelo y echar a correr.
Cuando ya sentían en el pescuezo el aliento del gato, el ratón de campo vio abierta la ventana de la cocina y saltó al alféizar, seguido por su primo. Y mientras descendían a toda prisa por la canaleta del desagüe, le decía:
–¡Yo regreso al campo ahora mismo! ¡Tengo bastante con lo que he visto en la ciudad!
El ratón de ciudad no podía menos que darle la razón a su primo. No era la primera vez que corría delante de un gato y ya empezaba a estar harto de tantos sobresaltos.
–Me iré a vivir contigo al campo –decidió.
Algún tiempo después, los dos primos saboreaban una deliciosa cena a la puerta de la casa del ratón de campo.
Éste había invitado a su amigo, el conejo, y al señor Búho, para que conocieran a su primo.
–¡Esto es vida! –exclamó el ratón de ciudad, recostándose, feliz, en su silla.
–Aunque a ti no te fuera muy bien –le dijo entonces el señor Búho al ratón de campo–, en la ciudad también hay cosas buenas.
–¡No lo dudo! –replicó el ratón de campo–, pero prefiero un mendrugo saboreado con tranquilidad en el campo que un banquete rodeado de peligros en la ciudad.
El potro salvaje (texto para 6° Básico)
Era un caballo, un joven potro de corazón ardiente, que llegó del desierto a la ciudad, a vivir del espectáculo de su velocidad.
Ver correr aquel animal era, en efecto, un espectáculo considerable. Corría con la crin al viento y el viento en sus dilatadas narices. Corría, se estiraba; y se estiraba más aún, y el redoble de sus cascos en la tierra no se podía medir. Corría sin regla ni medida, en cualquier dirección del desierto y a cualquier hora del día. No existían pistas para la libertad de su carrera, ni normas para el despliegue de su energía. Poseía extraordinaria velocidad y un ardiente deseo de correr. De modo que se daba todo entero en sus disparadas salvajes , y ésta era la fuerza de aquel caballo.
A ejemplo de los animales muy veloces, el joven potro tenía pocas aptitudes para el arrastre. Tiraba mal, sin coraje ni bríos ni gusto. Y como en el desierto apenas alcanzaba el pasto para sustentar a los caballos de pesado tiro, el veloz animal se dirigió a la ciudad a vivir de sus carreras.
En un principio entregó gratis el espectáculo de su gran velocidad, pues nadie hubiera pagado una brizna de paja por verlo –ignorantes todos del corredor que había en él–. En las bellas tardes, cuando las gentes poblaban los campos inmediatos a la ciudad –y sobre todo los domingos–, el joven potro trotaba a la vista de todos, arrancaba de golpe, deteníase, trotaba de nuevo husmeando el viento, para lanzarse por fin a toda velocidad, tendido en una carrera loca que parecía imposible de superar y que superaba a cada instante, pues aquel joven potro, como hemos dicho, ponía en sus narices, en sus cascos y su carrera, todo su ardiente corazón.
Las gentes quedaron atónitas ante aquel espectáculo que se apartaba de todo lo que acostumbraban ver, y se retiraron sin apreciar la belleza de aquella carrera.
"No importa –se dijo el potro, alegremente–. Iré a ver a un empresario de espectáculos y ganaré, entretanto, lo suficiente para vivir."
De qué había vivido hasta entonces en la ciudad, apenas él podía decirlo. De su propia hambre, seguramente, y de algún desperdicio desechado en el portón de los corralones.
Fue, pues, a ver a un organizador de fiestas.
–Yo puedo correr ante el público –dijo el caballo– si me pagan por ello. No sé qué puedo ganar; pero mi modo de correr ha gustado a algunos hombres.
–Sin duda, sin duda... –le respondieron–. Siempre hay algún interesado en estas cosas... No es cuestión, sin embargo, de que se haga ilusiones... Podríamos ofrecerle, con un poco de sacrificio de nuestra parte...
El potro bajó los ojos hacia la mano del hombre, y vio lo que le ofrecían: era un montón de paja, un poco de pasto ardido y seco.
–No podemos más... Y, asimismo...
El joven animal consideró el puñado de pasto con que se pagaban sus extraordinarias dotes de velocidad, y recordó las muecas de los hombres ante la libertad de su carrera, que cortaba en zigzag las pistas trilladas.
"No importa –se dijo alegremente–. Algún día se divertirán. Con este pasto ardido podré, entretanto, sostenerme."
Y aceptó contento, porque lo que él quería era correr.
Corrió, pues, ese domingo y los siguientes, por igual puñado de pasto cada vez, y cada vez dándose con toda el alma en su carrera. Ni un solo momento pensó en reservarse, engañar, seguir las rectas decorativas, para halago de los espectadores que no comprendían su libertad. Comenzaba el trote como siempre con las narices de fuego y la cola en arco; hacia resonar la tierra en sus arranques, para lanzarse por fin a escape a campo traviesa, en un verdadero torbellino de ansia, polvo y tronar de cascos. Y por premio, su puñado de pasto seco que comía contento y descansado después del baño.
A veces, sin embargo, mientras trituraba su joven dentadura los duros tallos, pensaba en las repletas bolsas de avena que veía en las vidrieras, en la gula de maíz y alfalfa olorosa que desbordaba de los pesebres.
"No importa –se decía alegremente–. Puedo darme por contento con este rico pasto."
Y continuaba corriendo con el vientre ceñido de hambre, como había corrido siempre.
Poco a poco, sin embargo, los paseantes de los domingos se acostumbraron a su libertad de carrera, y comenzaron a decirse unos a otros que aquel espectáculo de velocidad salvaje, sin reglas ni cercas, causaba una bella impresión.
–No corre por las sendas, como es costumbre –decían–, pero es muy veloz. Tal vez tiene ese arranque porque se siente más libre fuera de las pistas trilladas. Y se emplea a fondo.
En efecto, el joven potro, de apetito nunca saciado y que obtenía apenas de qué vivir con su ardiente velocidad, se empleaba siempre a fondo por un puñado de pasto, como si esa carrera fuera la que iba a consagrarlo definitivamente. Y tras el baño, comía contento su ración, la ración basta y mínima del más oscuro de los más anónimos caballos.
"No importa –se decía alegremente–. Ya llegará el día en que se diviertan..."
El tiempo pasaba, entretanto. Las voces cambiadas entre los espectadores cundieron por la ciudad, traspasaron sus puertas, y llegó por fin un día en que la admiración de los hombres se asentó confiada y ciega en aquel caballo de carrera. Los organizadores de espectáculos llegaron en tropel a contratarlo, y el potro, ya de edad madura, que había corrido toda su vida por un puñado de pasto, vio tendérsele en disputa apretadísimos fardos de alfalfa, macizas bolsas de avena y maíz –todo en cantidad incalculable–, por el solo espectáculo de una carrera.
Entonces el caballo tuvo por primera vez un pensamiento de amargura, al pensar en lo feliz que hubiera sido en su juventud si le hubieran ofrecido la milésima parte de lo que ahora le introducían gloriosamente en el gaznate.
"En aquel tiempo –se dijo melancólicamente– un solo puñado de alfalfa como estímulo, cuando mi corazón saltaba de deseos de correr, hubiera hecho de mi al más feliz de los seres. Ahora estoy cansado."
En efecto, estaba cansado. Su velocidad era, sin duda, la misma de siempre, y el mismo el espectáculo de su salvaje libertad. Pero no poseía ya el ansia de correr de otros tiempos. Aquel vibrante deseo de tenderse a fondo, que antes el joven potro entregaba alegre por un montón de paja, precisaba ahora toneladas de exquisito forraje para despertar.
El triunfante caballo pesaba largamente las ofertas, calculaba, especulaba finalmente con sus descansos. Y cuando los organizadores se entregaban por último a sus exigencias, recién entonces sentía deseos de correr. Corría entonces, como él sólo era capaz de hacerlo; y regresaba a deleitarse ante la magnificencia del forraje ganado.
Cada vez, sin embargo, el caballo era más difícil de satisfacer, aunque los organizadores hicieran verdaderos sacrificios para excitar, adular, comprar aquel deseo de correr que moría bajo la presión del éxito. Y el potro comenzó entonces a temer por su prodigiosa velocidad, si la entregaba toda en cada carrera. Corrió entonces, por primera vez en su vida, reservándose, aprovechándose cautamente del viento y las largas sendas regulares. Nadie lo notó –o por ello fue acaso más aclamado que nunca–, pues se creía ciegamente en su salvaje libertad para correr.
Libertad... No, ya no la tenía. La había perdido desde el primer instante en que reservó sus fuerzas para no flaquear en la carrera siguiente. No corrió más a campo traviesa ni a fondo ni contra el viento. Corrió sobre sus propios rastros más fáciles, sobre aquellos zigzagues que más ovaciones habían arrancado. Y en el miedo siempre creciente de agotarse, llegó el momento en que el caballo de carrera aprendió a correr con estilo, engañando, escarceando cubierto de espumas por las sendas más trilladas. Y un clamor de gloria lo divinizó.
Pero dos hombres, que contemplaban aquel lamentable espectáculo, cambiaron algunas tristes palabras.
–Yo lo he visto correr en su juventud –dijo el primero-; y si uno pudiera llorar por un animal, lo haría en recuerdo de lo que hizo este mismo caballo cuando no tenía qué comer.
–No es extraño que lo haya hecho antes –dijo el segundo–. Juventud y hambre son el más preciado don que puede conceder la vida a un fuerte corazón.
Joven potro: Tiéndete a fondo en tu carrera, aunque apenas se te dé para comer. Pues si llegas sin valor a la gloria, y adquieres estilo para trocarlo fraudulentamente por pingüe forraje, te salvará el haberte dado un día todo entero por un puñado de pasto.
La guerra de los Yacarés (Texto para 6° Básico)
En un río muy grande, en un país desierto donde nunca había estado el hombre, vivían muchos yacarés. Eran más de cien o más de mil. Comían pescados, bichos que iban a tomar agua al río, pero sobre todo, pescados. Dormían la siesta en la arena de la orilla, y a veces jugaban sobre el agua cuando había noches de luna.
Todos vivían muy tranquilos y contentos. Pero una tarde, mientras dormían la siesta, un yacaré se despertó de golpe y levantó la cabeza porque creía haber escuchado ruido. Prestó oídos, y lejos, muy lejos, oyó efectivamente un ruido sordo y profundo. Entonces llamó al yacaré que dormía a su lado.
–¡Despiértate! –le dijo–. Hay peligro.
–¡Qué cosa? –respondió el otro, alarmado.
–No sé –contestó el yacaré que se había despertado primero–. Siento un ruido desconocido.
El segundo yacaré oyó el ruido a su vez, y en un momento despertaron a los otros. Todos se asustaron y corrían de un lado para otro con la cola levantada.
Y no era para menos su inquietud, porque el ruido crecía, crecía. Pronto vieron como una nubecita de humo a lo lejos, y oyeron un ruido de chas-chas en el río como si golpearan el agua muy lejos.
Los yacarés se miraban unos a otros: ¿Qué podía ser aquello?
Pero un yacaré viejo y sabio, el más sabio y viejo de todos, un viejo yacaré a quien no quedaban sino dos dientes sanos en los costados de la boca, y que había hecho una vez un viaje hasta el mar, dijo de repente:
–¡Yo sé lo que es! ¡Es una ballena! ¡Son grandes y echan agua blanca por la nariz! El agua cae para atrás.
Al oír esto, los yacarés chiquitos comenzaron a gritar como locos de miedo, zambullendo la cabeza. Y gritaban:
–Es una ballena! ¡Ahí viene la ballena!
Pero el viejo yacaré sacudió de la cola al yacarecito que tenía más cerca.
–¡No tengas miedo! –les gritó–. ¡Yo sé lo que es la ballena! ¡Ella tiene miedo de nosotros! ¡Siempre tiene miedo!
Con lo cual los yacarés chicos se tranquilizaron. Pero en seguida volvieron a asustarse, porque el humo gris se cambió de repente en humo negro, y todos sintieron bien fuerte ahora el chas-chas-chas en el agua. Los yacarés, espantados, se hundieron en el río, dejando solamente fuera los ojos y la punta de la nariz. Y ahí vieron pasar adelante de ellos aquella cosa inmensa llena de humo y golpeando el agua, que era un vapor de ruedas que navegaba por primera vez por aquel río.
El vapor pasó, se alejó y desapareció. Los yacarés entonces fueron saliendo del agua, muy enojados con el viejo yacaré, porque los había engañado diciéndoles que eso era una ballena.
–¡Eso no es una ballena! –le gritaron en las orejas porque era un poco sordo–. ¿Qué es eso que pasó?
El viejo yacaré les explicó entonces que era un vapor, lleno de fuego, y que los yacarés se iban a morir todos si el buque seguía pasando.
Pero los yacarés se echaron a reír, porque creyeron que el viejo se había vuelto loco. ¿Por qué se iban a morir ellos si el vapor seguía pasando? ¡Estaba loco el pobre yacaré viejo!
Y como tenían hambre, se pusieron a buscar pescados.
Pero no había ni un pescado. No encontraron un solo pescado. Todos se habían ido, asustados por el ruido del vapor. No había más pescados.
–¿No les decía yo? –dijo entonces el viejo yacaré–. Ya no tenemos qué comer. Todos los pescados se han ido. Esperemos hasta mañana. Puede ser que el vapor no vuelva más, y los pescado volverán cuando no tengan más miedo.
Peroal día siguiente sintieron de nuevo el ruido en el agua, y vieron pasar al vapor, haciendo mucho ruido y largando tanto humo que oscurecía el cielo.
–Bueno –dijeron entonces los yacarés–, ¡el buque pasó ayer, pasó hoy y pasará mañana! Ya no habrá más pescados ni bichos que vengan a tomar agua, y nos moriremos de hambre. Hagamos entonces un dique.
–¡Sí, un dique! ¡Un dique! –gritaron todos, nadando a toda fuerza hacia la orilla–. ¡Hagamos un dique!
En seguida se pusieron a hacer el dique. Fueron todos al bosque y echaron abajo más de diez mil árboles, sobre todo lapachos y quebrachos, porque tienen la madera muy dura... Los cortaron con la especie de serrucho que los yacarés tienen encima de la cola; los empujaron hasta el agua y los clavaron a todo lo ancho del río, a un metro uno del otro. Ningún buque podía pasar por allí, ni grande ni chico. Estaban seguros de que nadie vendría a espantar los pescados. Y como estaban muy cansados, se acostaron a dormir en la playa. Al otro día dormían todavía cuando oyeron el chas-chas-chas del vapor. Todos oyeron, pero ninguno se levantó ni abrió los ojos siquiera. ¿Qué les importaba el buque? Podía hacer todo el ruido que quisiera, por allí no iba a pasar. En efecto: el vapor estaba muy lejos todavía cuando se detuvo. Los hombres que iban adentro miraron con anteojos aquella cosa atravesada en el río y mandaron un bote a ver qué era aquello que les impedía pasar. Entonces los yacarés se levantaron y fueron al dique, y miraron por entre los palos, riéndose del chasco que se había llevado el vapor.
El bote se acercó, vio el formidable dique que habían levantado los yacarés y se volvió al vapor. Pero después volvió otra vez al dique, y los hombres del bote gritaron:
–¡Eh, yacarés!
–¡Qué hay! –respondieron los yacarés, sacando la cabeza por entre los troncos del dique.
–¡Nos están estorbando con eso! –continuaron los hombres.
–¡Ya lo sabemos!
–¡No podemos pasar!
–¡Es lo que queremos!
–¡Saquen el dique!
–¡No lo sacamos!
Los hombres del bote hablaron un rato en voz baja entre ellos y gritaron después:
–¡Yacarés!
–¿Qué hay? –contestaron ellos.
–¿No lo sacan?
–¡No!
–¡Hasta mañana, entonces!
–¡Hasta cuando quieran!
Y el bote volvió al vapor, mientras los yacarés, locos de contentos, daban tremendos colazos en el agua. Ningún vapor iba a pasar por allí y siempre, siempre habría pescados. Pero al día siguiente volvió el vapor, y cuando los yacarés miraron el buque, quedaron mudos de asombro: ya no era el mismo buque. Era otro, un buque de color ratón, mucho más grande que el otro. ¿Qué nuevo vapor era ése? ¿Ése también quería pasar? No iba a pasar, no. ¡Ni ése, ni otro, ni ningún otro!
–¡No, no va a pasar! –gritaron los yacarés, lanzándose al dique, cada cual a su puesto entre los troncos.
El nuevo buque, como el otro, se detuvo lejos, y también como el otro bajó un bote que se acercó al dique.
Dentro venían un oficial y ocho marineros. El oficial gritó:
–¡Eh, yacarés!
–¡Qué hay! –respondieron éstos.
–¿No sacan el dique?
–No.
–¿No?
–¡No!
–¡Está bien! –dijo el oficial–. Entonces lo vamos a echar a pique a cañonazos.
–¡Echen! –contestaron los yacarés.
Y el bote regresó al buque.
Ahora bien, ese buque color ratón era un buque de guerra, un acorazado con terribles cañones. El viejo yacaré sabio que había ido una vez hasta el mar, se acordó de repente, y apenas tuvo tiempo de gritar a los otros yacarés.
–¡Escóndanse bajo el agua! ¡Ligero! ¡Es un buque de guerra! ¡Cuidado! ¡Escóndanse!
Los yacarés desaparecieron en un instante bajo el agua y nadaron hacia la orilla, donde quedaron hundidos, con la nariz y los ojos únicamente fuera del agua. En ese mismo momento del buque salió una gran nube blanca de humo, sonó un terrible estampido, y una enorme bala de cañón cayó en pleno dique justo en el medio. Dos o tres troncos volaron hechos pedazos, y en seguida cayó otra bala, y otra y otra más, y cada una hacía saltar por el aire en astillas un pedazo de dique, hasta que no quedó nada del dique. Ni un tronco, ni una astilla, ni una cáscara. Todo había sido deshecho a cañonazos por el acorazado. Y los yacarés, hundidos en el agua, con los ojos y la nariz solamente afuera, vieron pasar el buque de guerra, silbando a toda fuerza.
Entonces los yacarés salieron del agua y dijeron:
–Hagamos otro dique mucho más grande que el otro.
Y en esa misma tarde y esa noche misma hicieron otro dique con troncos inmensos. Después se acostaron a dormir, cansadísimos, y estaban durmiendo todavía al día siguiente cuando el buque de guerra llegó otra vez, y el bote se acercó al dique.
–¡Eh, yacarés! –gritó el oficial.
–¡Qué hay! –respondieron los yacarés.
–¡Saquen ese otro dique!
–¡No lo sacamos!
–¡Lo vamos a deshacer a cañonazos como al otro!
–-¡Deshagan... si pueden!
Y hablaban así con orgullo porque estaban seguros de que su nuevo dique no podría ser deshecho ni por todos los cañones del mundo.
Pero un rato después el buque volvió a llenarse de humo, y con un horrible estampido la bala reventó en el medio del dique, porque esta vez habían tirado con granada. La granada reventó contra los troncos, hizo saltar, despedazó, redujo a astillas las enormes vigas. La segunda reventó al lado de la primera y otro pedazo de dique voló por el aire. Y así fueron deshaciendo el dique. Y no quedó nada del dique; nada, nada. El buque de guerra pasó entonces delante de los yacarés y los hombres les hacían burla tapándose la boca.
–Bueno –dijeron entonces los yacarés, saliendo del agua–. Vamos a morir todos, porque el buque va a pasar siempre y los pescados no volverán.
Y estaban tristes porque los yacarés chiquitos se quejaban de hambre.
El viejo yacaré dijo entonces:
–Todavía tenemos una esperanza de salvarnos. Vamos a ver al Surubi. Yo hice el viaje con él cuando fui hasta el mar, y tiene un torpedo. Él vio un combate entre dos buques de guerra y trajo hasta aquí un torpedo que no reventó. Vamos a pedírselo, y aunque está muy enojado con nosotros los yacarés tiene buen corazón y no querrá que muramos todos.
El hecho es que antes, muchos años antes, los yacarés se habían comido a un sobrinito del Surubí, y éste no había querido tener más relaciones con los yacarés. Pero a pesar de todo fueron corriendo a ver al Surubí, que vivía en una gruta grandísima en la orilla del río Paraná, y que dormía siempre al lado de su torpedo. Hay Surubíes que tienen hasta dos metros de largo y el dueño del torpedo era uno de ésos.
–¡Eh, Surubí! –gritaron todos los yacarés desde la entrada de la gruta sin atreverse a entrar por aquel asunto del sobrinito.
–¿Quién me llama? –contestó el Surubí.
–¡Somos nosotros, los yacarés!
–No tengo ni quiero tener relación con ustedes –respondió el Surubí de mal humor.
Entonces el viejo yacaré se adelantó un poco en la gruta y dijo:
–¡Soy yo, Surubí! ¡Soy tu amigo el yacaré que hizo contigo el viaje hasta el mar!
Al oír esa voz conocida, el Surubí salió de la gruta.
–¡Ah, no te había conocido! –le dijo cariñosamente a su viejo amigo–. ¿Qué quieres?
–Venimos a pedirte el torpedo. Hay un buque de guerra que pasa por nuestro río y espanta a los pescados. Es un buque de guerra, un acorazado. Hicimos un dique, y lo echó a pique. Hicimos otro, y lo echó también a pique. Los pescados se han ido y nos moriremos de hambre. Danos el torpedo y lo echaremos a pique.
El Surubí, al oír esto, pensó un largo rato, y después dijo:
–Está bien; les prestaré mi torpedo, aunque me acuerdo siempre de lo que hicieron con el hijo de mi hermano. ¿Quién sabe hacer reventar el torpedo?
Ninguno sabía y todos callaron.
–Está bien –dijo el Surubí, con orgullo–, yo lo haré reventar. Yo sé hacer eso.
Organizaron entonces el viaje. Los yacarés se ataron todos unos a otros; de la cola de uno al cuello del otro; de la cola de éste al cuello de aquél, formando así una larga cadena de yacarés que tenía más de una cuadra. El inmenso Surubí empujó el torpedo hacia la corriente y se colocó bajo él, sosteniéndolo sobre el lomo para que flotara. Y como las lianas con que estaban atados los yacarés uno detrás del otro se habían concluido, el Surubí se prendió con los dientes de la cola del último yacaré, y así emprendieron la marcha. El Surubí sostenía el torpedo, y los yacarés tiraban, corriendo por la costa. Subían, bajaban, saltaban por sobre las piedras, corriendo siempre y arrastrando el torpedo, que levantaba olas como un buque por la velocidad de la corrida. Pero a la mañana siguiente, bien temprano, llegaban al lugar donde habían construido su último dique, y comenzaron en seguida otro, pero mucho más fuerte que los anteriores, porque por consejo del Surubí colocaron los troncos bien juntos, uno al lado del otro. Era un dique realmente formidable.
Hacía apenas una hora que acababan de colocar el último tronco del dique, cuando el buque de guerra apareció otra vez, y el bote con el oficial y ocho marineros se acercó de nuevo al dique. Los yacarés se treparon entonces por los troncos y asomaron la cabeza del otro lado.
–¡Eh, yacarés! –gritó el oficial.
–¡Qué hay! –respondieron los yacarés.
–¿Otra vez el dique?
–¡Sí, otra vez!
–¡Saquen ese dique!
–¡Nunca!
–¿No lo sacan?
–¡No!
–Bueno; entonces, oigan –dijo el oficial–. Vamos a deshacer este dique, y para que no quieran hacer otro los vamos a deshacer después a ustedes a cañonazos. No va a quedar ni uno solo vivo, ni grandes ni chicos, ni gordos ni flacos, ni jóvenes ni viejos, como ese viejísimo que veo allí y que no tiene sino dos dientes en los costados de la boca.
El viejo y sabio yacaré, al ver que el oficial hablaba de él y se burlaba, le dijo:
–Es cierto que no me quedan sino pocos dientes, y algunos rotos. ¿Pero usted sabe qué van a comer mañana esos dientes? –añadió, abriendo su inmensa boca.
–¿Qué van a comer, a ver? –respondieron los marineros.
–A ese oficialito –dijo el yacaré, y se bajó rápidamente de su tronco.
Entretanto, el Surubí había colocado su torpedo bien en medio del dique, ordenando a cuatro yacarés que lo agarraran con cuidado y lo hundieran en el agua hasta que él les avisara. Así lo hicieron. En seguida, los demás yacarés se hundieron a su vez cerca de la orilla, dejando únicamente la nariz y los ojos fuera del agua. El Surubí se hundió al lado de su torpedo.
De repente el buque de guerra se llenó de humo y lanzó el primer cañonazo contra el dique. La granada reventó justo en el centro del dique, e hizo volar en mil pedazos diez o doce troncos.
Pero el Surubí estaba alerta y apenas quedó abierto el agujero en el dique, gritó a los yacarés que estaban bajo el agua sujetando el torpedo:
–Suelten el torpedo, ligero, suelten.
Los yacarés soltaron, y el torpedo vino a flor de agua.
En menos del tiempo que se necesita para contarlo, el Surubí colocó el torpedo bien en el centro del boquete abierto, apuntando con un solo ojo, y poniendo en movimiento el mecanismo del torpedo, lo lanzó contra el buque.
¡Ya era tiempo! En ese instante el acorazado lanzaba su segundo cañonazo y la granada iba a reventar entre los palos, haciendo saltar en astillas otro pedazo del dique.
Pero el torpedo llegaba ya al buque, y los hombres que estaban en él lo vieron: es decir, vieron el remolino que hace en el agua un torpedo. Dieron todos un gran grito de miedo y quisieron mover el acorazado para que el torpedo no lo tocara.
Pero era tarde; el torpedo llegó, chocó con el inmenso buque bien en el centro, y reventó.
No es posible darse cuenta del terrible ruido con que reventó el torpedo. Reventó, y partió el buque en quince mil pedazos; lanzó por el aire, a cuadras y cuadras de distancia, chimeneas, máquinas, cañones, lanchas, todo.
Los yacarés dieron un grito de triunfo y corrieron como locos al dique. Desde allí vieron pasar por el agujero abierto por la granada a los hombre muertos, heridos y algunos vivos que la corriente del río arrastraba.
Se treparon amontonados en los dos troncos que quedaban a ambos lados del boquete y cuando los hombres pasaban por allí, se burlaban tapándose la boca con las patas.
No quisieron comer a ningún hombre, aunque bien lo merecían. Sólo cuando pasó uno que tenía galones de oro en el traje y que estaba vivo, el viejo yacaré se lanzó de un salto al agua, y ¡tac! en dos golpes de boca se lo comió.
–¿Quién es ése? –preguntó un yacarecito ignorante.
–Es el oficial –le respondió el Surubí–. Mi viejo amigo le había prometido que lo iba a comer, y se lo ha comido.
Los yacarés sacaron el resto del dique, que para nada servía ya, puesto que ningún buque volvería a pasar por allí. El Surubí, que se había enamorado del cinturón y los cordones del oficial, pidió que se los regalaran, y tuvo que sacárselos de entre los dientes al viejo yacaré, pues habían quedado enredados allí. El Surubí se puso el cinturón, abrochándolo por bajo las aletas, y del extremo de sus grandes bigotes prendió los cordones de la espada. Como la piel del Surubí es muy bonita, y las manchas oscuras que tiene se parecen a las de una víbora, el Surubí nadó una hora pasando y repasando ante los yacarés, que lo admiraban con la boca abierta.
Los yacarés lo acompañaron luego hasta su gruta y le dieron las gracias infinidad de veces. Volvieron después a su paraje. Los pescados volvieron también, los yacarés vivieron y viven todavía muy felices, porque se han acostumbrado al fin a ver pasar vapores y buques que llevan naranjas.
Pero no quieren saber nada de buques de guerra.
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